Tú aquí. Tú a mi lado.
Tú sin estar y estando en todas partes. Tú en mis ojos. Tú saludándome. Tú en mis oídos y tu voz llamándome en el inicio del mundo.
Tú apareciendo y tu cabello rizado surcando mi horizonte. Tú, misterio. Tú destellando en mis recuerdos y tú ocasional colocando una estrella (el inicio de mi galaxia habitada).
Tú en el dolor. Tú de luz perdida centelleando con la mía. Tú y yo, ahogados ya en el llanto.
¡Tú, mundo! Tú, universo de cosas infinitas. Tu música envolvente acercándome a cada paso; tú, música. Tú pronunciado por mi boca, tú encontrado en mis pensamientos, tú exhalado en mis suspiros y tú, tú, repentina necesidad de saberte.
Tú de sorpresa. Tú, el sabor de tu boca. Tú revelándome y re descubriéndome en un millón de formas. Tú y todo mi cariño contigo tú y mi amor palpitando por ti. Tú arraigado en lo más hondo de mi alma. Tú con tu nombre en mi corazón.
Tú, cobre encendido. Tú, explosión etérea. Tú, colisión de estrellas. Tú, viaje interminable en un suspiro, en un profundo movimiento. Tú llenándome mis adentros y todos mis vacíos.
Tú en mí. Tú conmigo.
Tú, mi diálogo eterno. Tú, el de la maravillosa existencia. Tú, el uno en un millón.
Tú, el que me hace sonreír cada minuto.
Tú, por quien vale la pena vivir siete vidas más.
Tú y en ti se me van todas las palabras.
Tú, de mi vida.
Tú, eres tú.
martes, 3 de septiembre de 2013
domingo, 2 de septiembre de 2012
Tú.
Hubo un día en que te viví. Era cuando mi sonrisa flotaba y todo olía a
sol. Me la pasaba comiendo moras en el prado y esperaba tu llegada cuando la
luna salía a tomar aire.
Con las manos chocando tímidamente esperando agarrarse, me mostrabas los caminos
de las liebres, la lluvia de luciérnagas y los árboles rasguñando el cielo. En
las pausas de contemplación admiraba tus sedosos ojos cafés y dejaba que
derramaras sobre mí tu mirada. Cada vez que pensaba en ti mientras las moras
llenaban mi boca, hacías que me devolviera a una época en la que me sentía
segura y en la que todo era nuevo y emocionante. Contigo bebía la vida a
borbotones y jamás sentía sed.
Tú me regalaste la luna y yo te regalé mis palabras. Salían grácilmente de
mi boca y yo las guardaba en pequeños saquitos (junto con una mora) para que al
final de la noche los depositara en tus manos y a cambio recibiera un pequeño
beso en la frente. Luego te marchabas con la promesa de volver la noche
próxima; así que yo me quedaba sentada comiendo moras y exprimiéndoles las
palabras, mientras contaba a las aves para saber el tiempo que faltaba para que
regresaras.
Tú y yo. Tu luna y mis palabras.
Palabras, hermosas palabras que al final no sirvieron de nada porque tú te
fuiste y yo me quedé con el dolor. Porque en la noche sin luna ya no regresaste
y los saquitos se empezaron a juntar en el prado. Porque tus ojos sedosos ya no
estaban y las aves ya no volaban y las moras ya no se exprimían y los besos en
la frente se esfumaron.
¿Cuándo el día que faltaste? ¿Cuándo el día en que te apagaste? ¿Cuándo el
día en que dejé de vivirte? El tiempo pasó cuadrito a cuadrito, cambiando los
colores de mi piel y surcando mis mejillas. Lo que hubiera dado por verte otra
vez, por seguirte regalando mis palabras, por sentir tu mano rozando la mía,
por oírte decir mi nombre.
Por eso acabé callando del todo, al principio quizá por tozudez, pero luego
porque era incapaz de pensar y de hablar pues tú eras para mí la medida de
todas las cosas. Sólo me quedó la huida, la amargura, la tristeza, la lucha
interior.
Creo que fuiste el primer dolor de mi vida y no se pareció en nada a lo que
yo suponía. No acabó conmigo como persona. Creo… que me dio una base de
comparación; descubrí que se podía existir dentro del dolor, a pesar del dolor.
Ahora nado en un montón de saquitos esperando que sacies tu sed con mis
palabras. Sigo buscando una señita que me diga que este asunto de ti es rico,
que vale la pena, aunque tenga que doler. Deseo que regrese el día en que te
viví.
jueves, 26 de julio de 2012
Color
A Alejandra.
Hoy, una vez
más, esperé encontrarte. La jacaranda de siempre me volvió a tejer una cama a sus pies y desde ahí te estuve aguardando. Llevaba días esperando tu
regreso desde la última vez que nos vimos y, para que fuera efectiva tu llegada siempre cargaba con uvas, tu fruta favorita, el sabor de tus labios, el aroma
de tu cuerpo, el color de mis sueños. Días y noches pasaron y tú aún no venías;
mi cama de jacarandas crecía y para atraerte aún más coloqué junto a las uvas,
orquídeas, violetas y lilas, tal vez ahora sí vendrías. No llegaste.
Desperté.
Llevaba meses soñando nuestro reencuentro. Mis sueños se pintaban siempre del
mismo color, tu color, como para intentar acercarte aunque sea un poquito. Al
fin funcionó. Esa mañana te encontré, estabas en el moretón de mis recuerdos.
lunes, 9 de abril de 2012
De mutilaciones, de(s) ilusiones y de-mentiras.
Imagíname sin piel.
Sin poros ni sudor ni arrugas. Imagina mi sangre envolviendo mis músculos; empapándolos cada segundo, dejándolos chorrear. Imagina el agua que resbala por mi esófago, imagina la comida en mi estómago y las pastillas batallando con la enfermedad. Imagina mi saliva en mi boca y mis lágrimas naciendo para salir y volver a ser succionadas. Imagina mis huesos entintados de rojo, doblándose y mostrando sus coyunturas.
Imagina que ya no me tocas. Imagina que jamás me abrazas. Imagina que tú, hipersensible, te quedas sólo con mi recuerdo, que todo tú sólo podrá imaginarme a toda yo. imagina que en tu frío mi calor ya no aparece. Imaginame sin olor.
Imagínome sin piel.
lunes, 20 de febrero de 2012
Sufrir en el no seducir de mis enemigos.
Les regalo un pedacito de mi alma, a veces descubrir que no estoy loca duele. Disfrútenlo.
Porque hay veces en que quisiera estar lejos de todos, jugar sin miedo a perder, arriesgar por valentía y no por estupidez, decirles lo que realmente pienso, dejar de usar sonrisas falsas, soltarme a llorar cuando se me pegue la gana, callarlos cuando me harten, decir que verdaderamente no son graciosos, trabajar sin esperar regaños y decirle a él lo mucho que lo quiero. Hay días en que sólo me gustaría ser Carolina. Hay días en que sólo existen las palabras mal escritas. Hay días como hoy.
Porque hay veces en que quisiera estar lejos de todos, jugar sin miedo a perder, arriesgar por valentía y no por estupidez, decirles lo que realmente pienso, dejar de usar sonrisas falsas, soltarme a llorar cuando se me pegue la gana, callarlos cuando me harten, decir que verdaderamente no son graciosos, trabajar sin esperar regaños y decirle a él lo mucho que lo quiero. Hay días en que sólo me gustaría ser Carolina. Hay días en que sólo existen las palabras mal escritas. Hay días como hoy.
domingo, 17 de julio de 2011
Seda
Ensayo escrito por mí acerca del libro "Seda" de Alessandro Baricco. Publicado en la Gaceta UNAM en el "suplemento CCH" en enero del 2010.
Seda. La tela de la nada. La sensación de sentir lo más placentero y al mismo tiempo una angustia de poderlo arruinar a causa de su fragilidad. Seda. Amor. Amor y Seda, ¡tan parecidos! Tan débiles y al mismo tiempo tan fuertes. Él y ella. Él, Hervé; ella, aún desconocida. Él, una obsesión amorosa; ella, un amor obsesionado. De repente es ella, él y ella. Ella, Hélène, ama a un hombre sin amor, apasionado de ella, la otra ella. Tres aristas forman un triángulo, tres personas forman un peligroso juego de fuego, tan fácil de quemar, tan simple como eso, como seda. Seda. La tela del amor.
Seda. La tela de la imaginación. Pensar que de un insecto baboso nazca un tejido tan fino. Seda. Viajar. Viajar y Seda, ¡tan unidos! Un negocio de compra-venta se convierte en una aventura. “Hasta el fin del mundo” fue la instrucción y cuántas aventuras en el trayecto, cuántas sensaciones, cuántas maravillas y cuántas historias. Tan transformable: el primero fue una emoción, el segundo fue una súplica, el tercero fue el último grito de libertad y el cuarto fue el fin y la despedida. Un viaje marcó el adiós del hombre que cambió su vida y un viaje fue el que lo llevó hacia la verdad de aquella misiva desconocida, desconocida y curiosa, como ella, la otra ella, desconocida y curiosa como la seda. Seda. La tela de los viajes.
martes, 28 de junio de 2011
Blanco como México
Blanco. Arriba.
Son las 12 a.m. y sólo puedo mirar el frío y blanco techo de mi cuarto. La luz del poste de afuera se refleja en una de sus esquinas. A mi derecha está mi tesoro más preciado: mis libros; a mi izquierda sólo se ve el borde de mi cama. En algún lugar de mi cuarto se escucha el tic tac de un reloj, afuera no se oye nada. Mis sábanas están frías al igual que la punta de mi nariz; a veces, el ruido del motor de algún auto irrumpe el tic tac del reloj y el silencio de la calle. Llevo varios minutos acostada viendo sin ver, sin cerrar los ojos, y es que hoy, como tantas noches, no puedo dormir.
Hoy no puedo dormir por impotencia, porque tristemente sé que en algún lugar del país hay alguien que se está yendo, que se va esfumando, que lo han apagado, que ha muerto, y lo peor, que no va a ser el único.
Hoy no puedo dormir por solidaridad, porque en cuanto el sol salga habrá una familia a la que le hayan robado el alma del algún integrante, y lo peor, que no va a ser la única.
Hoy no puedo dormir porque no oigo nada, pero el alguna casa habrá alguien que escuche el detonar de un cañón en contra de otro ser, y lo peor, que no va a ser el único.
Hoy no puedo dormir por coraje, porque quienes pueden y deben no hacen nada por evitar esta situación y a nosotros nadie nos escucha, y lo peor, que no somos los únicos que nos sentimos así.
Hoy, aún sin dormir, cierro los ojos y pido, pido ya no sé a quién, pero pido, que ni uno más, que esto termine, que por fin se acabe, o al menos que hoy alguien cambie y ya no robe más vidas y espero que no sea la única persona que decida hacer esto.
Abro los ojos y veo el techo, recuerdo como llegué a vivir con paz algún día… ¿justicia? ¡Claro! pero más paz, sólo paz, paz…
¿Por qué? Si se supone somos una nación unida
¿En qué momento? Si siempre nos apoyamos unos a otros
¿Hasta cuándo? No sé si hasta que ellos se arrepientan o hasta que nos quiten la vida
Blanco siempre fue sinónimo de paz, ahora para mí es sinónimo de muerte, porque pesa la franja central de mi bandera y pesa el techo en mis ojos.
Mi cuarto está tan tranquilo como antes, la luz todavía se refleja, sigo viendo el borde de mi cama, mis libros no se han movido, pero tengo unas ganas inmensas de deshacerme de ellos si con eso puedo terminar con este conflicto, con esta lucha, con esta guerra…
Miedo, sí, y no por vivir en el norte o en el sur, miedo porque vivo aquí, en México, y porque podría morir antes que pueda irme de aquí, literalmente.
El sueño se apodera de mí y con lágrimas de dolor rodando por mi cara anhelo fuertemente que mañana en las noticias aparezca que hoy, hoy no fueron tantos…
¡Ay de mí y mi México querido! Que lo han tomado unos cuantos y no son los indicados.
Ay de mí porque he cometido el mayor de los crímenes: ser mexicana, joven, tener dignidad y amor a mi patria y encima atreverme a plasmar mis sentimientos con palabras…
Todos nos vestimos de blanco porque estamos de acuerdo, México es así, blanco, como la arena de las playas del sur, como el agua de las cascadas del norte, como el techo de mi cuarto; es blanco, como la muerte…
P. D.: A mí ya me mataron, no con un arma de fuego, sino de tristeza.
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