lunes, 9 de abril de 2012

De mutilaciones, de(s) ilusiones y de-mentiras.

Imagíname sin piel.
Sin poros ni sudor ni arrugas. Imagina mi sangre envolviendo mis músculos; empapándolos cada segundo, dejándolos chorrear. Imagina el agua que resbala por mi esófago, imagina la comida en mi estómago y las pastillas batallando con la enfermedad. Imagina mi saliva en mi boca y mis lágrimas naciendo para salir y volver a ser succionadas. Imagina mis huesos entintados de rojo, doblándose y mostrando sus coyunturas.

Imagina que ya no me tocas. Imagina que jamás me abrazas. Imagina que tú, hipersensible, te quedas sólo con mi recuerdo, que todo tú sólo podrá imaginarme a toda yo. imagina que en tu frío mi calor ya no aparece. Imaginame sin olor.

Imagino que ya te fuiste. Imagino que desapareciste. Imagino que las cicatrices ya no están. Imagino que los moretones blanquearon. Imagino que las lágrimas ya no mojan. Imagino mi vacío interno relleno. imagino mi sangre adentro y ya no saliendo. Imagino que ya no siento tu fierza ni tu presión ni tu piel. Imagino sin ti. Imagino yo completa.
Imagínome sin piel.

lunes, 20 de febrero de 2012

Sufrir en el no seducir de mis enemigos.

Les regalo un pedacito de mi alma, a veces descubrir que no estoy loca duele. Disfrútenlo.

Porque hay veces en que quisiera estar lejos de todos, jugar sin miedo a perder, arriesgar por valentía y no por estupidez, decirles lo que realmente pienso, dejar de usar sonrisas falsas, soltarme a llorar cuando se me pegue la gana, callarlos cuando me harten, decir que verdaderamente no son graciosos, trabajar sin esperar regaños y decirle a él lo mucho que lo quiero. Hay días en que sólo me gustaría ser Carolina. Hay días en que sólo existen las palabras mal escritas. Hay días como hoy.

domingo, 17 de julio de 2011

Seda

Ensayo escrito por mí acerca del libro "Seda" de Alessandro Baricco. Publicado en la Gaceta UNAM en el "suplemento CCH" en enero del 2010.

Seda. La tela de la nada. La sensación de sentir lo más placentero y al mismo tiempo una angustia de poderlo arruinar a causa de su fragilidad. Seda. Amor. Amor y Seda, ¡tan parecidos! Tan débiles y al mismo tiempo tan fuertes. Él y ella. Él, Hervé; ella, aún desconocida. Él, una obsesión amorosa; ella, un amor obsesionado. De repente es ella, él y ella. Ella, Hélène, ama a un hombre sin amor, apasionado de ella, la otra ella. Tres aristas forman un triángulo, tres personas forman un peligroso juego de fuego, tan fácil de quemar, tan simple como eso, como seda. Seda. La tela del amor.

Seda. La tela de la imaginación. Pensar que de un insecto baboso nazca un tejido tan fino. Seda. Viajar. Viajar y Seda, ¡tan unidos! Un negocio de compra-venta se convierte en una aventura. “Hasta el fin del mundo” fue la instrucción y cuántas aventuras en el trayecto, cuántas sensaciones, cuántas maravillas y cuántas historias. Tan transformable: el primero fue una emoción, el segundo fue una súplica, el tercero fue el último grito de libertad y el cuarto fue el fin y la despedida. Un viaje marcó el adiós del hombre que cambió su vida y un viaje fue el que lo llevó hacia la verdad de aquella misiva desconocida, desconocida y curiosa, como ella, la otra ella, desconocida y curiosa como la seda. Seda. La tela de los viajes.

Seda. La tela de la fantasía. Cualquier objeto representa un inicio, qué tan incitante puede ser uno que parta de una humeante taza de té. Seda. Deseo. Deseo y Seda, ¡tan provocadores! Desear poseer pero también desear amar. Amar, de nuevo, ella, él y ella. Ella desea a un hombre feliz, él desea lo desconocido y ella, la otra ella, sólo desea ser importante para alguien. Deseos tan callados pero que piden complacencia a gritos. Una misiva desconcertante provoca el deseo de él, que a su vez cumple el deseo de ella, solo ella, y su lectora, un deseo interminable de olvidar y enterrar su pasado. Gracias a los deseos se cambia una vida, como una oruga se cambia a mariposa, como un huevo se cambia a seda. Seda. La tela del deseo.

martes, 28 de junio de 2011

Blanco como México


Blanco. Arriba.

Son las 12 a.m. y sólo puedo mirar el frío y blanco techo de mi cuarto. La luz del poste de afuera se refleja en una de sus esquinas. A mi derecha está mi tesoro más preciado: mis libros; a mi izquierda sólo se ve el borde de mi cama. En algún lugar de mi cuarto se escucha el tic tac de un reloj, afuera no se oye nada. Mis sábanas  están frías al igual que la punta de mi nariz; a veces, el ruido del motor de algún auto irrumpe el tic tac del reloj y el silencio de la calle. Llevo varios minutos acostada viendo sin ver, sin cerrar los ojos, y es que hoy, como tantas noches, no puedo dormir.

Hoy no puedo dormir por impotencia, porque tristemente sé que en algún lugar del país hay alguien que se está yendo, que se va esfumando, que lo han apagado, que ha muerto, y lo peor, que no va a ser el único.
Hoy no puedo dormir por solidaridad, porque en cuanto el sol salga habrá una familia a la que le hayan robado el alma del algún integrante, y lo peor, que no va a ser la única.

Hoy no puedo dormir porque no oigo nada, pero el alguna casa habrá alguien que escuche el detonar de un cañón en contra de otro ser, y lo peor, que no va a ser el único.

Hoy no puedo dormir por coraje, porque quienes pueden y deben no hacen nada por evitar esta situación y a nosotros nadie nos escucha, y lo peor, que no somos los únicos que nos sentimos así.

Hoy, aún sin dormir, cierro los ojos y pido, pido ya no sé a quién, pero pido, que ni uno más, que esto termine, que por fin se acabe, o al menos que hoy alguien cambie y ya no robe más vidas y espero que no sea la única persona que decida hacer esto.

Abro los ojos y veo el techo, recuerdo como llegué a vivir con paz algún día… ¿justicia? ¡Claro! pero más paz, sólo paz, paz…

¿Por qué? Si se supone somos una nación unida
¿En qué momento? Si siempre nos apoyamos unos a otros
¿Hasta cuándo? No sé si hasta que ellos se arrepientan o hasta que nos quiten la vida

Blanco siempre fue sinónimo de paz, ahora para mí es sinónimo de muerte, porque pesa la franja central de mi bandera y pesa el techo en mis ojos.

Mi cuarto está tan tranquilo como antes, la luz todavía se refleja, sigo viendo el borde de mi cama, mis libros no se han movido, pero tengo unas ganas inmensas de deshacerme de ellos si con eso puedo terminar con este conflicto, con esta lucha, con esta guerra…

Miedo, sí, y no por vivir en el norte o en el sur, miedo porque vivo aquí, en México, y porque podría morir antes que pueda irme de aquí, literalmente.

El sueño se apodera de mí y con lágrimas de dolor rodando por mi cara anhelo fuertemente que mañana en las noticias aparezca que hoy, hoy no fueron tantos…

¡Ay de mí y mi México querido! Que lo han tomado unos cuantos y no son los indicados.
Ay de mí porque he cometido el mayor de los crímenes: ser mexicana, joven, tener dignidad y amor a mi patria y encima atreverme a plasmar mis sentimientos con palabras…

Todos nos vestimos de blanco porque estamos de acuerdo, México es así, blanco, como la arena de las playas del sur, como el agua de las cascadas del norte, como el techo de mi cuarto; es blanco, como la muerte…
 
P. D.: A mí ya me mataron, no con un arma de fuego, sino de tristeza.

domingo, 12 de junio de 2011

Bajo la noche de un suspiro que nunca termina





Desde aquí, desde el exilio te escribo.




Te escribo desde el lugar más triste del mundo




A las 3:50 tengo frente a mí las 197 cartas que te he escrito. Palabras, hermosas palabras que al final no sirvieron de nada, porque te fuiste y yo sólo me quedé con tu dolor.




El trueno presagiaba la lluvia, el color de la nube presagiaba verte, el encierro presagiaba extrañarte..




¿Lloraste? yo tampoco




Y otra vez, desde aquí, desde el exilio te escribo..

lunes, 30 de mayo de 2011

Mi.


Abrí los ojos, había despertado. Me encontraba ahí, otra vez, por fin, estaba en casa. Estaba recostada en aquel pastizal de las moras rojas ¿te acuerdas? Aquellas moras que solía cortar cuando era muy niña. El pasto era suave y el cielo increíblemente azul; los rayos de sol se filtraban por las nubes haciendo un espectáculo de colores. Había olvidado cómo era aquí y cuánto me gustaba. Ahí estaba yo, yo Clara, peor conocida como Haarumii, caminando entre los serpenteados senderos que sin duda me llevarían a ese hogar pequeño y sólido donde pasé tanto tiempo pensando. El ciprés seguía tan alto como siempre y mi rincón de tiempo continuaba intacto. El aire soplaba de una manera muy particular y a veces, traía restos húmedos del Bio bio consigo. Aquí los sopallos son muy ricos y si están calientes saben mejor. Este lugar, mi hogar, mi dulce aposento, tiene el número IV, no es el primero y mucho menos el último pero está bien. Esta es mi región, aquí es Aisén. Hace tanto tiempo que lo dejé para ir a otro lugar, a otro tiempo, a otro mundo, a otras costumbres, a otros suelos, a otras cavernas; ha pasado tanto tiempo que ya no recordaba cómo era mi casa. Me gustó mucho aquel país de la “x” en medio, hablan demasiado pero siempre con razón, pero no se le puede comparar con mi patria, innegable. Hoy no recuerdo cómo es que regresé después de casi toda una vida pero estoy aquí, de vuelta. Mis pies me conducen donde quieren y eso está bien porque se saben de memoria el camino. El sol no quema tanto, en las playas hace frío, la tierra es húmeda y seca, la mitad de las palabras desaparecen en nuestras bocas pero aún así nos entendemos perfectamente. La música no es prioridad porque ya es parte necesaria de nosotros, en el teatro los mejores actores están hechos de madera y tienen hilos atados a sus extremidades, el bio bio ha sido capturado tantas veces con cámara y pinceles, Santiago es ruidoso pero es nuestro máximo orgullo urbano y yo, yo soy feliz sentada, recargada en el ciprés de mis 5 meses, comiendo moras rojas que corté en el camino y que las sostuve en el regazo de mi vestido blanco; mis pies están desnudos para que pueda sentir la geografía de mi tierra, mi acento nunca apareció y tal vez nunca lo tenga pero yo sigo siendo de aquí, yo soy Clara y soy chilena. Y estoy en la cuarta región, en la región de Aisén del general Carlos Ibáñez del Campo, cuando podía soñar, cuando reía con sinceridad, cuando sentía felicidad, cuando era yo misma, cuando no estabas en mi vida, cuando tenía paz.

Abrí los ojos, había despertado. Mi cabeza estaba apoyada en el marco de la ventana del metro de la ciudad de México, el letrero anunciaba “Indios verdes” ¡maldición! Me he pasado una estación. Salí y allá afuera, estaba lloviendo. Emprendí el camino de vuelta. Hoy soñé que regresaba a mi país, de donde ojalá nunca hubiera salido, pero es eso, los sueños sólo son sueños, sigo aquí, en el país español del norte, donde espero algún día irme y donde deseo con toda sinceridad, no llevarte entre mi maleta de recuerdos conmigo.

viernes, 22 de abril de 2011

Era Ella


Verde radioactivo. Así era el color del agua de limón que está frente a mí. No puedo asegurar si es o no de procedencia nuclear, pero al menos sí sabe a limón; tiene ese toque de algo a limón, como todo aquí. Los frijoles saben a algo con frijoles, los chilaquiles a algo con chilaquiles, la carne a algo con carne. Todo aquí sabe a algo con lo que debería ser. Todo. Incluso lo de ella.

Sólo le queda una tajada de pepino (¿o sólo le dieron una?) de su ensalada. Aunque no sé si se le puede llamar tajada; es más bien un trozo grande y chueco de pepino con algo de cáscara, se ve mal pero al mismo tiempo se ve bien. Y aún así ella no lo comerá. No sé porqué me entristece este hecho, pero sé que no lo hará y tal vez lo haga hacia un lado del plato; al igual que hizo con la cuarta parte del arroz y la tercera de la sopa, puede que incluso lo haga con la ensalada. Me inquieta el hecho de que no termine la comida y la desperdicie, tal vez de haberlo sabido antes no la habría escogido, sin embargo aquí estoy, frente a ella, comiendo unos tallarines demasiado suaves en una cafetería atestada de gente (aunque ella no lo cree así) y sin una palabra en la boca, sólo tallarines suaves.

Ella sigue comiendo, parece que la ensalada está rica pero no lo suficiente porque no la disfruta, o a lo mejor ella es así, creo que es así. Puede que sea la forma en que mastica, o en la que toma en tenedor, o cualquier otra acción que efectúe que me hace pensar que es tranquila. Llego al arroz y que curioso, sabe a algo con arroz; aunque tiene algo duro, parece son los elotes. La comida desaparece poco a poco de nuestros platos y por fin pude decir algo. Lo sabía, ella es muy tranquila, su voz me lo ha dicho.

Medio platicamos entre medias cucharadas con medias comidas y de pronto ¡zaz! Ahí estoy yo hablando sin parar como siempre lo hago cuando, de pronto ¡zaz! Ahí está ella riendo como nunca lo hace. Se ríe… y conmigo. Así que ella es tranquila con los desconocidos, pero ríe con sus amigos, y ella se ríe… y conmigo. Después de ese momento tan acogedor damos por terminada nuestra charla sin pronunciarlo. Miro su plato de ensalada: vacío, sólo con una deforme tajada de pepino abandonada.

Mi agua de algo con limón está por extinguirse y ella se retoca los labios. El que lo haga me entristece aún más que haber comprobado que no se comió el pepino. Ella se irá. Probablemente esté pensando en lo que va a hacer saliendo de aquí, en sus otros amigos o en las tareas. Puede que tenga que ver a alguien en específico, o que vaya a alguna exposición o a la feria del libro, o puede que esté por titularse y vaya a hacer su exámen profesional, o puede que sólo irá a casa a dormir un rato. Sí, probablemente esté pensando en eso, pero también probablemente, entre este mar de pensamientos, ella ya me olvidó. O a lo mejor lo hará cuando deje su bandeja al frente, o cuando salga, o cuando se encuentre a otra persona, o cuando llegue a donde tenga que ir, o cuando se despida de mí.

Ágilmente toma sus cosas, me mira por última vez y dice “provecho hasta luego”, mi absurda respuesta “sí, gracias, que te vaya súper bien” y…, se fue.

Ella no representó ningún cambio relevante en mi vida, sólo fue la chica que tenía un lugar vacío en su mesa el cual yo ocupé a la hora de comer en la cafetería. Sin embargo nunca la olvidé. Mi vida continuó como lo hizo hasta que muchísimo tiempo después yo caminaba bajo el refulgente sol y me topé con otra anciana; nos miramos unos momentos y dijo: ¿no eres tú aquella joven que un día se sentó en el lugar vacío que tenía en mi mesa a la hora de comer en la cafetería? “La misma” le dije, “que alegría verte de nuevo, recuerdo que me hiciste reír en serio en ese breve momento, me alegraste el día y nunca te lo agradecí”, “¿de verdad? No tienes porque, al contrario, me hace feliz saber que te alegré”.

Ella me sonrió y yo la recordé como el día en que la vi hacerlo hace ya tanto tiempo. Así es que realmente ella nunca me olvidó y a lo largo de su vida le dedicó minutos a mi recuerdo, porque éramos amigas. Le devolví la sonrisa e inmediatamente recordé mi tristeza por su tajada de pepino y porque se retocó los labios; se lo quise contar pero una nueva tristeza y más profunda me vino al corazón. Atrás de ella estaba esa señora vestida de negro, blanca y sólo la constituían sus huesos; apestaba pero nadie notaba su hedor, sólo yo. Esta señora dio un paso más y sonrió, ahora lo entendía, había conocido a aquella chica en la cafetería porque cuando me la volviera a encontrar sería un día fundamental en mi vida, sería mi último día. Verde radioactivo, el agua era de color verde radioactivo.